Cómo aprendí que no podía ser gay y católico

Ser católico y gay puede parecer una incongruencia.

Ser católico y gay puede parecer una contradicción, pero por mucho tiempo sostuve ambos en mi vida hasta que aprendí la dolorosa verdad.

Desde niño siempre fui educado bajo una fe católica bastante estricta y al crecer ni el hecho de ser gay me alejó de la iglesia. Pero con el paso de los años, comencé a toparme con un muro que no me permitía avanzar como hombre gay, pues mi fe me anclaba al pasado.

Hoy, la religión no es un tema que destaque en mi día a día, solo un vago recuerdo de una ilusión que no supe sostener por no saber ser gay y católico al mismo tiempo.

La fe de una familia

Mi papá es un católico muy devoto. Desde chico me inculcó el amor por la religión y aunque tuve una época de rebeldía, encontré en la espiritualidad de la iglesia un refugio para mi confusión.

No obstante, al crecer descubrí que era gay y entendí por qué me sentía como me sentía respecto al mundo. Y entonces comenzó mi primer conflicto, ¿ser gay es un pecado? ¿Estoy faltando a las enseñanzas de Dios por ser así?

Al parecer no, o al menos eso me repetían las personas cercanas a mí en la preparatoria, de una muy conocida universidad católica. Por eso me uní a un cuerpo de misioneros y por más de 5 años visité comunidades indígenas para llevar la palabra de Dios y ayudar con sus celebraciones religiosas. Ser gay y católico no era un problema entonces.

La bandera LGBT+, asociada con lo gay, en un evento católico

Pero fue ahí donde empecé a dudar. ¿Por qué yo podía alcoholizarme, fumar y besarme con varios hombres distintos en una noche y después viajar 200 km para decirle a un joven de mi misma edad que no hiciera lo mismo? ¿No era eso ser hipócrita?

Mis consejeros decían que no y que tenía que ver con una situación de contexto. Así yo continué asistiendo a mis estudios bíblicos y siendo un estudiante cada vez más animoso de la religión católica.

Incongruencias sobre incongruencias

El trabajo en las comunidades indígenas siempre era difícil, pero extremadamente reconfortante. La gratitud de la gente puede hacer maravillas, sobre todo cuando lo único que quiere es ser escuchada y reconocida como cualquier otro ser humano. Ser gay rara vez se interponía con mi fervor católico.

Sin embargo, la actitud de lo párrocos locales me molestaba mucho. Siempre miraban lascivamente a las jovencitas, enfocaban sus sermones a atacar a protestantes y otras religiones y hasta cobraban por aparecer en misas o visitar a los enfermos. Esto aún después de observar la precariedad y pobreza en la que vivían estas personas.

Lo peor era que yo sentía que los ayudaba, pero que al mismo tiempo ignoraba sus problemas más elementales. Pero mis consejeros siempre decían que no había nada que yo pudiera hacer para transformar su realidad. Así que me conformaba con darles todo y mi cariño y aprecio.

Sin embargo, en una ocasión reporté un incidente, en el que un párroco tuvo un comportamiento bastante inapropiado con una niña, pero nadie me hizo caso.

El último chance

Me alejé de las misiones y del grupo que había formado, sobre todo por la salud mental que necesitaba. Sin embargo, mucho tiempo después entendí cómo mi consejero abusaba de su posición de poder y tenía relaciones con estudiantes, dejándolos marcados de por vida.

Yo traté de continuar mi fe por fuera y recuerdo cómo acudí a mi primer Marcha del Orgullo con un gran crucifijo atado al cuello y declarándome católico y gay. No obstante, las críticas de las personas religiosas me hirieron mucho. No escuchaban razones, el dogma era el dogma y había que respetarlo.

Pareja gay besándose afuera de una iglesia católica

«La homosexualidad está mal», decían. Y yo simplemente sorteaba mi vida entre ambos espectros tratando de encontrar un equilibrio. Fue así que me rendí y encontré espiritualidad en muchos otros lugares, en los que jamás se me hubiera ocurrido buscar.

Ahora me siento tranquilo, fuera del clóset y lejos de la gente que me lastima. Pero sobre todo, de mis prejuicios que por mucho tiempo me mantuvieron al hilo de una vida que no me hacía sentido.

Ser católico y ser gay eran dos facetas contrarias insostenibles en mi vida, por eso hoy solo soy orgullosamente parte de la comunidad LGBTQ+.

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