“La mujer tras la ventana”: Frankie Fray (México)

Imagen: Especial

“La mujer tras la ventana” es uno de los finalistas del Concurso de cuentos LGBTQ+ en tiempos de pandemia por coronavirus, convocado por Homosensual.

Te vi de casualidad tras la ventana. Estabas hermosa y quedé cautivado en ese instante. Quizá te preguntes quién sea o por qué te escribo esto dejándolo debajo de tu puerta, pero fue la única manera que encontré para contarte lo que me has hecho sentir. De antemano te pido disculpas si algo de esto te hace sentir incómoda, pero ya comprenderás por qué lo hice.

La cuarentena me gustaba en un principio, pero después de un tiempo, terminó por aburrirme. Sin mucho por hacer, hice lo que nunca me creí capaz: pasar tiempo con mi hermanita Laura. No me malentiendas, ella es una niña muy especial pero me gusta estar solo. Por eso dudé mucho cuando me obligó a ver las estrellas. 

Ella siendo tan inquieta, entró a mi cuarto y me insistió que armara su viejo telescopio para ver el cielo. Terminé aceptando y cuando acabé de armarlo ella me empujó para ver a través de esa cosa, sin tardar en descubrir que no había mucho que ver en la ciudad, y menos si estás en medio de un edifico de siete pisos rodeado por mas edificios aún más grandes que este.

Dejó el telescopio y se fue a su habitación, dejándome aquel objeto. Comprenderás que no teniendo nada que hacer, no me tomó mucho tiempo para usarlo. Comprobé que, efectivamente, no se podía ver gran cosa desde donde estamos. El cielo no se distinguía del todo pero se podía ver más claramente el edificio de enfrente. Tu edificio. 

Después de un rato viendo a tus vecinos, llegué a tu piso, el último. Mi visión a tu departamento no es tan clara pero pude distinguir tu cuarto. Se ve más que nada el espejo, que refleja tu armario y parte de tu cama, así que me quedé mirando unos  minutos. Cansado, estuve a punto de irme cuando tu lámpara se encendió y fue ahí  cuando te vi.

Lo primero que llamó mi atención fue tu cabello, rojo, largo, ondulado y que cubría casi toda tu espalda. Llevabas un muy bonito vestido blanco pero lo que más me cautivó fue tu rostro. Tus grandes ojos con largas pestañas, tus labios delgados con un labial rosado y una sonrisa tan amplia y coqueta que iluminaba toda la habitación. 

Comenzaste a mover la boca alegremente, te movías de una manera divertida,  comenzaste a brincar y dar vueltas por toda la habitación; estabas cantando. Admiré ese tiempo toda tu locura hasta que de la nada dejaste de bailar, parecías asustada, nerviosa y te arrancaste el cabello. Tardé un poco en comprender que eso era una peluca. 

Tomaste una toallita blanca y empezaste a quitarte el maquillaje. Arrancaste tu vestido y lo tiraste en una caja que deslizaste al fondo de tu cama. Me alejé del telescopio y entró Laura a mi cuarto. 

—¿Estás espiando a los vecinos? —preguntó. 

—¿Qué?… No… —la miré—. ¡Sal de mi habitación! —grité. 

Salió corriendo de mi cuarto y yo me metí a la cama sin saber qué pensar. Durante todo ese tiempo que siguió de la cuarentena no volví a mirar por el telescopio. Pasé todos esos días pensativo, triste y ausente. Mi familia preguntaba por mi ánimo, les decía que era por el encierro. La única que sabía lo que me preocupaba era Laura, ella me conoce mejor que nadie, tanto que hace unos días cuando me estaba bañando, no sé cómo o con ayuda de quién armó de nuevo el telescopio, dejándolo justo donde lo tenía. 

—¿Qué haces aquí? 

—Creo que te hacía falta mi telescopio. 

—¿Por qué piensas eso? 

—Por la chica de la ventana —contestó—. Es muy bonita. De chico también es muy guapo —sonrió—, pero cuando se maquilla y se pone su vestido luce más feliz, auténtica… ¿No te perece preciosa? 

—¿Tú cómo sabes todo eso? —pregunté sorprendido. 

—Porque también la vi. Cuando dejaste el telescopio debajo de tu cama, lo tomé. Solo tuve que ver por la dirección en la que estabas mirando el día que te encontré espiando para saber lo que admirabas. Tardó un poco en aparecer, pero cuando lo hizo, vi cómo sacaba una caja debajo de su cama y comenzaba a transformarse en su verdadero ser. 

—Es que no… no sé si pueda estar con alguien así. Qué tal si… 

—Si a ti te gusta —me interrumpe—, yo no veo el problema. ¿Por qué tienes miedo? 

Dejó la pregunta al aire y salió de mi habitación. Laura me dejó pensando toda la noche. Muchos prejuicios vinieron a mi mente. Escuché toda la mierda que me podría caer. Hasta que me dije a mí mismo que dejara por un momento todo a un lado. Sin pensar en eso, nos pude ver saliendo juntos, yendo a bailar o quizá a un karaoke. Me vi abrazándote en el cine, comiendo con tus papás, y te veo claramente jugando con Laura porque sé que ustedes se llevarían estupendo. 

Sin todas las críticas y comentarios retrógradas, pude reflexionar que son más mis ganas de conocerte, y que si de algo me arrepentiría, seria de no invitarte a salir. 

Entendiendo si no quieres conocerme. Debo decirte que eres hermosa, que no deberías ocultar toda esa belleza, todo tu ser, en una caja debajo de tu cama. Y que deberías ser así de auténtica todo el tiempo, para que no solo te puedan conocer tras la ventana. 

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*Homosensual se pondrá en contacto con los finalistas por correo electrónico en el transcurso del mes de mayo.

**Este cuento formará parte de la compilación digital Cuentos LGBTQ+ en tiempos de pandemia por coronavirus, que estará disponible para descargar gratuitamente a mediados de mayo de 2020.

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