“CUPID-19”: La lencha del 7 (México)

Lee el cuento "CUPID-19", escrito por 'La lencha del 7'. / Imagen: Especial

El cuento “CUPID-19” es uno de los finalistas del Concurso de cuentos LGBTQ+ en tiempos de pandemia por coronavirus, convocado por Homosensual. ¡Léelo aquí!

Elisa e Inés viven en el mismo edificio, pared con pared en el departamento siete y ocho respectivamente, en la Condesa. A pesar de vivir tan cerca nunca habían cruzado más de nueve palabras. Aunque Inés estaba muy consciente de la existencia de la vecina, le parecía espectacularmente guapa. Sobre todo cuando llegaba del gym, sonrojada y con una colita de caballo. Elisa era el crush de Inés, quien además tenía un gaydar muy bien afinado. 

Cuando decretaron formalmente la cuarentena en México, Inés estaba pacheca leyendo en el sillón de la sala. Su vida ya era bastante parecida a lo que pintaba el confinamiento. Le gustaba estar sola escuchando música en calzones, comiendo Nutella sin miedo a embarrarse, durmiendo y pasándola bomba consigo misma. Ella no compartía el miedo que con la llegada del virus sintió la mayoría, ¿miedo a la introspección? Al contrario, veía al encierro como un regalo divino. 

Elisa estaba del otro lado del muro, viendo las noticias mientras se preguntaba: ¿en serio sin salir para nada? ¿Cómo va a repercutir eso en la economía mundial? ¿Qué va a pasar con mi chamba? ¿Será un plan maquiavélico de Estados Unidos o China? ¿Qué no nos están diciendo? ¿Y si me contagio?

Siguió durante un rato hasta que las palabras dejaron de tener sentido en su cabeza. Comenzó a sentir una incontrolable taquicardia y a sudar más que un taco de canasta en Acapulco. Le costaba respirar y pensaba que algo horrible iba a suceder. Convencida de que le estaba dando un infarto salió corriendo a pedir ayuda. Detrás de la primera puerta en su camino estaba Inés, quien no sabía que la culpable del escándalo era su amor platónico. 

Inés sorprendida encontró a Elisa agitadísima, balbuceando frases ilógicas, caminando en todas las direcciones posibles entre el umbral del departamento ocho y el suyo. Inés trataba de entender todo. La llevó hasta su sillón para que pudiera recostarse. Pensó en llevarla al hospital pero notó enseguida que lo que tenía su vecina la guapa era en realidad un ataque de pánico. Intentó calmarla explicándole que no era un infarto:

—Respira con calma, lento, siéntelo. Tienes un ataque de pánico, solo eso. No te estás muriendo. No va a pasar nada malo. Solo respira, aquí tienes un vaso de agua. Todo va a estar bien. 

Poco a poco Elisa recuperó la calma, ahí en el sillón de Inés. Cuando volvió en sí, apenada se disculpó por la escena y conmovida agradeció el amoroso acompañamiento. Nunca le había pasado. Inés respondió que no había problema y le pidió que no sintiera pena. Se alegraba de haber podido ayudarla. Se quedaron platicando un par de horas mientras bebían el té favorito de Inés. 

Hablaron de sus familias, del reguetón, de sus perros y de si creían o no en los aliens. De pronto el tema obligado surgió:

¿Qué crees que pase con todo esto del virus?—, preguntó Elisa.

Inés permaneció en silencio, decidiendo si contestar con la verdad o con un argumento genérico. Alguien con ideas propias diciendo lo que considera como verdad puede parecer loc@ o incomodar, normalmente a personas que nacen, crecen, se reproducen, compran un coche con un crédito bancario que dura media vida y mueren.

Rompió el silencio con un suspiro y un ok, te voy a decir lo que pienso, si crees que estoy loca no le digas a nadie del edificio. No quiero que me vean feo en el elevador. Se rieron y Elisa le pidió que por favor le dijera siempre la verdad. Su opinión le interesaba. 

Este virus, plantado, inventado o furiosamente peligroso, fuera como fuere no es más que un regalo divino. Un necesarísimo y sincronizado respiro colectivo. En lugar de pasar dos horas en el tráfico yendo de la Condesa a Santa Fe diario, podemos estar tranquilos leyendo, cogiendo, aprendiendo algo, ordenando el clóset o lo que sea que posponemos con el pretexto de la falta de energía y tiempo. Un momento para estar en silencio a solas con nosotros mismos y callar el ruido exterior. De ver las cosas desde otra perspectiva. Da igual que los gobiernos de todo el mundo nos mientan y manipulen. ¿Qué más da si hasta ellos están regidos por las leyes universales y en el universo todo es perfecto gracias al balance entre lo positivo y lo negativo?

La naturaleza no se equivoca. Bajar el ritmo de la humanidad es la forma más amorosa que tiene la vida de prepararnos para un despertar masivo de conciencia. Volveremos a valorar las cosas que dimos por sentadas, abrazar a un amigo, besar a alguien que acabamos de conocer, ir al súper o salir a caminar. Si logramos darnos cuenta que esto importa mucho más que la cantidad de likes, qué coche tienes, la marca de tu ropa y demás, ganamos como especie.

Bendito virus, con su ayuda cada vez más conciencias llegarán a la quinta dimensión. Allá en donde entendemos que todos somos la misma cosa, sin diferencia de clases, razas, gustos, género, ni nada. En donde sabemos con total certeza que tú eres yo, yo soy tú y todos somos una pequeña partícula de la red que teje al cosmos. 

Elisa al escuchar a Inés vio algo mucho más interesante que a una simple vecina. Y así fue como el amor derrotó al miedo. Como siempre. 

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*Homosensual se pondrá en contacto con los finalistas por correo electrónico el 15 de mayo.

**Este cuento formará parte de la compilación digital Cuentos LGBTQ+ en tiempos de pandemia por coronavirus, que estará disponible para descargar gratuitamente a mediados de mayo de 2020.

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