“La caja dorada”: Setorep (Perú)

Imagen: Especial

El cuento “La caja dorada” es uno de los finalistas del Concurso de cuentos LGBTQ+ en tiempos de pandemia por coronavirus, convocado por Homosensual.

José Robles y su madre no se hablaban durante la semana. No se odiaban ni se evitaban a propósito. Sus días transcurrían a ritmos diferentes. Ella salía a trabajar en la mañana cuando él aún dormía. Dejaba el desayuno preparado y lo despedía con un beso al aire. Él iba a la universidad después del mediodía y regresaba en la noche. Los únicos días que compartían eran los sábados y los domingos, pero estaban tan agotados que no tenían ganas de mantener conversaciones prolongadas. 

La madre de José se llamaba Adriana Ruiz. Trabajaba como auditora en una cadena de multicines. Tenía el carácter tosco, casi nunca sonreía. La severidad que su empleo imponía se evidenciaba en su mentón afilado y sus labios estrechos. José la amaba; a pesar de aquel amor, no encontraba en ella la confianza necesaria para contarle sus asuntos personales.

Un par de años atrás, José —en su último año de secundaria— se enamoró de Ricardo Bonilla, el alumno nuevo del aula. Aunque le confundió el descubrimiento de su orientación sexual, no reprimió sus sentimientos. Le gustaba lo que sentía. La paz que experimentaba cuando estaba con Ricardo le llenaba de vida. En poco tiempo se convirtió en su amigo y hasta se creyó correspondido. Un día, cuando Ricardo comentó que le gustaba una chica del cuarto grado, José quiso que en ese momento apareciera un león hambriento y lo devorará. Dejó de estudiar con entusiasmo y reprobó los exámenes bimestrales. Después de sufrir en silencio por varias semanas, decidió contar a su madre lo que ocurría. Lo intentó.

Una noche la llamó a su habitación. Ella lo encontró en la cama acostado bocabajo llorando sobre un cuaderno abierto. En las páginas habían corazones dibujados con lapicero azul, tachados con lápiz de carboncillo. 

—¿Qué pasa? ¿Por qué lloras, hijo? ¿Es por una chica? —preguntó. Recogió el cuaderno y lo puso sobre la mesita de noche. José no respondió. Ella continuó:

—Escucha, hijo. A tu edad te vas a enamorar de todas. Sentirás que en el mundo no hay sentimiento más grande que el tuyo. Pensarás que nunca volverás a sentir algo parecido.

José cogió la almohada y se cubrió la cabeza. Adriana le acarició la espalda.

—En algún momento te darás cuenta de que fue solo una ilusión. Cuando llegue la indicada lo sabrás al instante y esto ni recordarás.

José asintió con un movimiento, se secó las lágrimas y fingió dormirse. Cuando se quedó solo prometió que nunca confesaría a su madre que le gustaban los chicos. Aquella promesa se diluyó en el tiempo.

El 2020 empezó para José con el pie derecho. El Año Nuevo y sus vacaciones los pasó en Estados Unidos. Había calificado para el programa de intercambio cultural de su instituto de inglés. A finales de febrero regresó al Perú, su país. El próximo mes empezaban sus clases en la universidad.

La noche del domingo quince de marzo un mensaje a la nación interrumpió el programa que Adriana y José veían en la televisión. El presidente de la República anunció que a partir del día siguiente el país ingresaba a un periodo de cuarentena obligatoria para frenar la propagación de la COVID-19, una enfermedad generada por un virus que, José había leído, surgió en China y estaba matando a miles de personas en Europa. Hacía pocos días que habían detectado el primer caso en el Perú. 

El lunes y los días posteriores Adriana no fue trabajar. Después de años desayunaron los dos juntos en un día de semana. Luego vieron las noticias.

La primera semana de la cuarentena vieron películas y documentales en canales de cable. La semana siguiente empezaron a ver series en Netflix.

En las noches, José chateaba acostado en el sofá de la sala. Una noche descubrió que su madre lo observaba desde la cocina. No dijo nada, pero esa mirada revivió la necesidad de empezar con ella esa conversación postergada por años.

El Gobierno endureció las medidas restrictivas. Había toque de queda en las noches y se controlaba con mayor rigor a las personas que salían a la calle. José mensajeaba con mayor frecuencia. Sonreía frente al teléfono móvil sin darse cuenta. En su interior la ansiedad de hablar con su madre lo carcomía.

—Mamá, creo que es necesario que sepas algo sobre mí —empezó José una tarde—. Nunca hemos hablado de temas personales, pero siento la necesidad de contarte esto.

Hizo una pausa prolongada y continuó:

—Estoy enamorado.

Adriana levantó las cejas y asintió con la cabeza.

—Pero mi situación es singular. Estoy enamorado de un chico. Él y yo nos amamos.

Los ojos de Adriana se llenaron de lágrimas, se levantó y corrió hasta su habitación. Unos minutos más tarde salió con una pequeña caja dorada en las manos. 

—Prometí que te daría esto cuando seas un hombre —dijo, y lo arrulló en su pecho. José abrió la caja. Adentro había un brazalete de oro con una frase grabada. «Eres mi orgullo», decía.

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*Homosensual se pondrá en contacto con los finalistas por correo electrónico en el transcurso del mes de mayo.

**Este cuento formará parte de la compilación digital Cuentos LGBTQ+ en tiempos de pandemia por coronavirus, que estará disponible para descargar gratuitamente a mediados de mayo de 2020.

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