Cómo una silla de ruedas invisibilizó mi sexualidad

Estar en una silla de ruedas puede traer muchos estigmas con respecto a la sexualidad. / Foto: TVU

Una silla de ruedas puede traerle muchos estigmas a la persona que la use, sobre todo cuando se habla de su sexualidad, pues pareciera que la invisibiliza.

La sexualidad de una persona en silla de ruedas es un tema que pocas veces se toca. En nuestro imaginario colectivo, a las personas con discapacidad rara vez se les asocia con el deseo sexual, a pesar de que es una cualidad inherentemente humana.

Tras un accidente del que preferiría no hablar, me vi atado a una silla de ruedas por más de un año. Durante ese período no podía mantenerme sin supervisión y viví la invisibilización de mi sexualidad.

«Lástima que estés así, en silla de ruedas»: señora imprudente

Como parte de mi recuperación, solía asistir a terapias físicas grupales que me dejaban exhausto y me hacían sentir ridículo. Primero, por la humillación que me daba mi nueva condición, pero sobre todo porque era la única persona con menos de 40 años que iba a las sesiones.

Sin embargo, la gente era muy amable conmigo. En especial, recuerdo a una dulce señora que siempre me hacía cumplidos a la mitad de los ejercicios y no se cansaba de recordarme que era muy guapo. Eso, hasta que un día me presentó con su familia y muy quitada de la pena le informó a su hija que quería que yo fuera el novio de su nieta.

La silla de ruedas te ata a los estigmas de la gente. / Foto: Familiados

Obviamente al momento me sentí incómodo, pero mis modales solo me hicieron sonreír tímidamente. La mamá de mi ficticia novia también se sentía incómoda, pero no dudó en romper el silencio y dijo: «Ay, sí, lástima que estés así, en silla de ruedas».

Mi pena se transformó instantáneamente en rabia. ¿Qué había querido decir con eso? ¿Que no podía ser un buen candidato para su hija porque estaba en silla de ruedas?

No soy más que la extensión de mi silla

«Pero pues eres gay, ¿a ti qué te importa», me preguntaba un amigo encargado de llevarme a las citas. «Importa porque está asumiendo que no puede ser novio de su hija por mi estado». 

Después me calmé y reflexioné. Realmente no podía importarme, yo tenía pareja y estaba bastante feliz con ella. Pero entonces mi amigo dijo: «O sea… pero ustedes ya no cogen, ¿o sí?». Muy enojado le respondí que obviamente teníamos sexo. Era más complicado ahora, claro, pero era una necesidad muy humana que no podía dejar de tener.

Quiero caminar contigo, cortometraje que habla sobre una historia de amor gay. / Foto: YouTube

Y fue entonces que me di cuenta de que, para el resto del mundo, no era tan obvio que yo tuviera sexo. Para las personas que lo veían desde afuera, yo tenía una discapacidad y nada más. Mi ser sexual no existía.

Llegué a pensar que estaba exagerando, pero cada día era una nueva oportunidad para comprobarme lo contrario. Como esa ocasión en la que una persona confundió a mi pareja con la persona encargada de cuidarme. Las miradas de lástima se acumulaban una tras otra y yo solo podía asentir tragándome la rabia.

El tabú

De acuerdo con datos de la Organización Mundial de las Naciones Unidas (ONU), existen más de 500 tipos de discapacidades. Algunas son permanentes y otras transitorias, pero la discriminación sigue siendo la misma.

En primer lugar, porque las personas que las tienen son tratadas como niños. La gente asume que no tienen la posibilidad de decidir sobre sus cuerpos, y por ende sobre su sexualidad.

Y en segundo, porque la gente sigue viéndolas con lástima, como personas inferiores que hay que ayudar. Y, si no pueden, simplemente son condescendientes y les dan palmaditas en la espalda mientras los llaman ‘valientes’. ¿Qué debe cambiar entonces en nuestra sociedad?

Una silla de ruedas no implica, necesariamente la desaparición del deseo sexual y las personas que tienen que vivir en ellas necesitan poder expresar su sexualidad libremente.

Con información de Inclúyeme y la ONU

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