“El técnico del cable”: TEBO (Costa Rica)

Imagen: Especial

El cuento “El técnico del cable” es uno de los finalistas del Concurso de cuentos LGBTQ+ en tiempos de pandemia por coronavirus, convocado por Homosensual.

Ya era lunes. Había pasado todo el fin de semana recluido en mi pequeño apartamento, completamente solo, como las últimas tres semanas. La monotonía había sido interrumpida por mi derecho a visitar el supermercado a comprar víveres, cosa que hice el sábado por la tarde. De nada servía tener a unas cuantas cuadras el parque metropolitano de San José, pues cintas amarillas lo habían cercado para evitar que la gente fuera a visitarlo. 

El fin de semana había sido particularmente estresante, pues desde el viernes en la noche el servicio de internet se interrumpió por una falla técnica en el barrio.

—Estamos trabajando en repararlo tan pronto nos sea posible, señor Rubens— me dijo una chica al otro lado del teléfono. Se escuchaba más estresada que yo. En fin, lo dejé pasar. No tenía ganas de discutir con nadie. Y hasta agradecía en mi interior poder hablar con alguien.

Tendré que entretenerme con un libro el fin de semana, pensé, ya que los servicios populares de streaming no podían usarse por la falla de la red.

Estaba a punto de cumplir dos meses de estar en este pequeño país después de aceptar un traslado indefinido ofrecido por la empresa multinacional para la que trabajo. No me tomó mucho tiempo aceptar la propuesta. Llevaba ya varias semanas que sentía que no sabía qué estaba haciendo con mi vida. Me sentía sin rumbo, solo, a pesar de compartir Ciudad de México con otros tantos millones de personas. Apuesto que muchos de ellos tampoco sabían qué hacían con sus vidas. Había leído que Costa Rica tiene playas hermosas, no me haría nada mal tostar un poco mi piel tan blanca.

La compañía se encargó de los detalles, de buscar un apartamento cómodo y amueblado en una torre cerca de la avenida que llaman Paseo Colón y que está como a treinta minutos de las oficinas de mi trabajo.

Llegué un miércoles por la mañana con tres enormes maletas. ¿Por qué compro tanta ropa?, me dije. Pasé varias semanas adaptándome a mi nueva vida. Y, en el trajín del trabajo, se fueron los días hasta que un viernes los noticieros dieron cuenta del primer caso de COVID-19 del país. Así que en la noche del domingo nos comunicaron del trabajo la recomendación de trabajar desde casa. La playa tendrá que esperar.

Ya llevo más de un mes en este confinamiento obligado, sin amigos, con la familia a miles de kilómetros de mí, y los días transcurren igual uno tras otro. No siento diferencia si es un martes o un viernes. Mi mente hasta desconectó el placer inusual que me daba abrir los ojos los sábados. Todo se ha vuelto una gran interrogante.

—¿Señor Rubens? ¿Me escucha? ¿Sigue allí?

Una voz masculina y amable me insistió en el teléfono.

—Lo siento —respondí—. Aquí estoy.

Le daba instrucciones al técnico de la compañía de cable para que ubicara mi dirección. Qué complicado es guiar a la gente por puntos de referencia en esta ciudad. Extraño los números de calles y avenidas.

—Espero no haber fallado— colgué. 

A los diez minutos sonó el teléfono interno del edificio. La voz de doña Patricia del otro lado me dijo:

—Lo busca un técnico del cable, dice que viene a revisar su modem. 

—Gracias, por favor dígale que suba —respondí al primer golpe en la puerta.

—Buenos días, señor Rubens.

—Buenos días. Dejémoslo en Alberto.

—Ok, Alberto. Soy Ricardo. ¿Me muestra dónde está su modem? ¿Alberto? Me muestra dónde está su modem, por favor.

—Sí, sí, lo siento.

Me había entretenido un poco detallando esa sonrisa tan amable y algo pícara con la que terminaba sus frases. Le mostré dónde se encontraba el modem y traté de que pasara inadvertida la forma en que trataba de detallar el ligero color acaramelado de su piel comparado con la mía, que en el encierro se había vuelto casi transparente.

—Usted no es de aquí, ¿verdad?

El acento me había delatado.

—No —le respondí—. Soy de Ciudad de México.

Así que mientras hacía testeos con una portátil que llevaba me comenzó a contar de cómo se había resbalado subiendo la pirámide del Sol de Teotihuacán durante unas vacaciones.

—Tengo una cicatriz —me dijo, señalando su rodilla izquierda. Nos miramos y nos echamos a reír.

Estoy casi seguro de que ya había encontrado la falla, pero continuaba fingiendo que trabajaba para seguir la conversación.

—¿Ya conoce nuestras playas?

Le dije que no había encontrado el tiempo de conocer alguna a pesar de estar tan cercanas y que no quería ir solo. Entonces sonrió diciendo:

—Cuando pase la emergencia deberíamos ir juntos.

No me esperaba la propuesta, y con algo de nervios le dije que sí, que me encantaría.

—Puede probar su conexión, ya todo está arreglado.

Yo ya lo sabía desde hace rato cuando lo comprobé en mi celular.

—Usted es mi último cliente por hoy. Un cliente —me dijo—, ¡solo un cliente!

Le ofrecí un refresco el cual aceptó. Lo invité a tomar asiento mientras no dejaba de sonreírme. Acabó la bebida y estaba a punto de estrecharme la mano, cuando lo recordó:

—¡No! La mano no, lo siento.

Y se retiró.

A las tres horas de la visita, una alarma me indicó que tenía un nuevo mensaje de un número desconocido: «Lo de la playa era en serio».

Sonreí.

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*Homosensual se pondrá en contacto con los finalistas por correo electrónico en el transcurso del mes de mayo.

**Este cuento formará parte de la compilación digital Cuentos LGBTQ+ en tiempos de pandemia por coronavirus, que estará disponible para descargar gratuitamente a mediados de mayo de 2020.

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